pie junto a la silla de ruedas de su abuelo, con el rostro radiante de emoción mientras yo desataba la cinta.
Dentro de la caja yacía la bailarina de madera terminada. Su superficie era suave como la seda, pulida con cera de abeja, y cuando sujeté la barra de control y moví suavemente los dedos, la pequeña figura danzó sobre la mesa con una gracia natural.
Alcé la vista hacia mi hija y mi padre, y vi el profundo e inquebrantable amor que unía a nuestra pequeña familia. Tomé la marioneta, sostuve sus manos entre las mías y supe que, sin importar las sombras o los desafíos que nos deparara el futuro, los enfrentaríamos juntos con el corazón abierto, la mente clara y una verdad inquebrantable.