Al mediodía, en el despacho del señor Moreau, la cafetera tosió detrás de la puerta.
Me entregó el sobre de papel kraft sellado con una sola instrucción.
“No lo abra en el tren, señora. Ábralo cuando tenga una buena razón.”
Lo había metido en mi bolsa de la compra, entre un recibo de Lidl y un blíster de Doliprane. Durante todo el camino de vuelta, lo mantuve en mi regazo, como si fuera una comida caliente.
A las 6:05 de la tarde, en la puerta de mi casa, finalmente