pasillo, Santiago se inclinó hacia mí.
—Necesitamos que reactives los pagos. Hay facturas que vencen hoy.
—¿Y qué pasó con tu sueldo?
—Lo tengo comprometido.
—¿Con qué?
No respondió.
Miré a Fernanda.
—¿Y tus ingresos?
Ella apretó los labios.
—No tienes derecho a interrogarnos.
—Tienes razón. No tengo derecho a administrar sus vidas. Y ustedes no tienen derecho a administrar mi dinero.
Santiago golpeó suavemente la mesa con la palma.
—¡Soy tu hijo!
Sentí que algo dentro de mí se acomodaba por primera vez en mucho tiempo.
—Precisamente por eso